sábado, 16 de julio de 2011
El riesgo, los Danis y soñar ríos de agua... ¡¡potable!!
Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, todavía en algunos lugares de Papua -la indonesia y el país- se practicaba el canibalismo. No es el caso hoy en día, aunque mi amigo Alain, del instituto donde aun trabajo, no paraba de decirme que iba a acabar en una marmita. De todas formas, no deja de ser excitante que hasta hace tan poco, prácticas como estas existieran todavía. Sobretodo, porque es denotativo de lo anciano del lugar, de lo tradicional, de lo aislado que está del mundo, de su pureza, de lo salvaje, y pienso que en realidad, puede seguir siendo así mucho tiempo más, al menos en algunas partes, por lo inaccesible de estas. Voy a explicarme.
El valle de los Baliem, se sitúa a unos 1500 metros de altitud, por lo menos Wamena, su capital, y se extiende entre unos 60 km de largo, por unos 16 de ancho, alrededor del río Baliem, que le da el nombre. El valle está rodeado por montañas altísimas, donde algunas llegan hasta 4700 o 5000 metros y es en ese sentido que digo que es posible que este valle siga aislado por muchísimo tiempo ¿Qué van a venir a explotar aquí los occidentales, si verdaderamente no es tan rentable y es lo único que mueve a occidente? Ciertamente, hay muchos negocios, pero demasiados.
El valle está lleno de Papúes y muchos de ellos jamás vieron un blanco y se sienten verdaderamente sorprendidos cuando ven uno. Cuando caminábamos por el valle, Santi, que es un tipo muy gracioso, los asustaba con bromas, en plan como si fuera un indio y muchos se iban corriendo. Incluso una vez, asustó a un niño que estaba con otro, de no más de uno o dos años, y el chiquillo abandonó al más pequeño y yo al pasar vi al niño sólo y le pregunté a Santi, que qué hacía un niño solo ahí. Me moría de risa. En los autobuses, la gente nos mira, y hay a quién le da miedo o incluso quizá un suerte de aprensión que nos sentemos a su lado y sueltan gritos o como leves quejidos en nuestra presencia. Ayer mismo en el autobús, yo extendía mi brazo blanco a un hombre, le cogía la mano y le decía que me tocara. Y el hombre me tocaba, pero las chicas que había enfrente mía, no querían tocarme y se retorcían cuando extendía la mano. Luego, hay gente también que es de verdad muy curiosa. Por ejemplo un Dani, al ver mis piernas con pelos, que son además pelos lisos, no como los suyos, me acarició por unos cinco minutos la pierna, entre el pie y la rodilla diciendo cosas que no entendía. No había nada de sexual, la situación era muy divertida.
Los Dani son una tribu o grupo tribal, mejor dicho, compuesto de diversos poblados a una parte del río Baliem, que no a la otra, de los cuales, lo más llamativo es que visten con un taparrabos que es una simple calabaza muy alargada, donde cabe el pene y poco más, ni siquiera también los testículos. Se llama algo así como horim. Los Dani son de verdad muy agradables, y a nuestro paso, salen todos sorprendidos, para vernos, y darnos la mano y hemos aprendido los saludos como nayak que se dice entre dos hombres, la'ok que se dice para cuando un hombre saluda a una mujer sola, y I'oh, cuando dices adiós. Todo el mundo es muy agradable y saludan siempre dando la mano derecha, pero han tenido también luchas entre ellos, la última que se recuerde, data de 1988-1990. Por lo general, están calmados, a parte de esos precisos momentos.
Hay que decir también, que la zona tiene verdaderos problemas identitarios y que los papúes no se sienten para nada integrados en el estado indonesio y claman libertad e independencia. Lo cierto es que esto es un país aparte, que no tiene nada que ver con Indonesia: su mundo, su cultura, su cosmogonía, en incluso su religión, son muy distintos. Los Indonesios son musulmanes, y los Papúes son en su mayoría cristianos, aunque practican su fe con recurso a muchas tradiciones locales, animistas. La tensión ha sido fuerte en ocasiones, como decía en el post anterior, como en 1977 o en 2000, y puede explotar en cualquier momento, aunque yo no siento peligro en las calles y odio hacia el blanco no hay, porque odio puede haber hacia los indonesios, pero no hacia nosotros. En el año 2000, todos los no-papúes tuvieron que exiliarse de la región, e incluso no lo conté, pero en mi primera noche en Makassar, cuando no pude coger mi vuelo, un hombre que encontré me dijo que era de Jakarta y que venía a Papúa con sus padres, porque su hermano llevaba desaparecido 10 días y él pensaba que quizá un Papue le había disparado ¿quién sabe? No os preocupéis. En la calle, esta tensión no se siente, ni siquiera contra los indonesios.
Por nuestra parte, yo y Santi, decidimos hacer un treking solos, por el valle, sin guía, puesto que un guía, puede salir por día a 100 € y yo no tengo ganas de pagar eso a alguien, ahora que soy joven y puedo yo llevar mis cositas en la mochila, y además, esta vez que iba entre dos y no sólo, como alguna otra vez he hecho. El caso es que es verdad que es peligroso ir solo, porque hay riesgo caminando entre montañas: los caminos son muy estrechos y podemos caer, si llueve -aunque nosotros tuvimos suerte y no nos llovió- esto puede ser una trampa mortal, y luego la alimentación no es muy fácil, puesto que sólo se puede comprar fruta, o esperar que los nativos te ofrezcan Sava una especie de yuca- o Ubi -una especie de moniato. Su alimentación se compone casi exclusivamente de estos dos tubérculos, y se ven bancales y bancales de estos cultivos, alrededor de las montañas. Yo y Santi nos preguntábamos, el porqué de que no se cultivarán otros alimentos, y hay plátanos y mandarinas también, pero el clima aquí es suficientemente rico, como para que se pudieran cultivar muchas más cosas y tener una dieta muy variada. En fin, no querrán. A mí me gustan los tubérculos hervidos, pero se puede acabar bastante harto. Por otra parte, no hay tiendas para comprar comida, ni agua, lo que en total hace que el riesgo esté presente.
Nosotros salimos hace ya unos tres días, el día 14 hacia el valle, de verdad, no muy preparados. Yo no llevo casi de nada, aunque tengo unas buenas zapatillas, y Santi lleva más cosas que yo, pero no tenía zapatillas y se compró unas de 7 €, de goma, y ya podéis imaginar su calidad para el treking. Llevábamos poquísima agua, una botella de litro y medio cada uno, y teníamos que conservarla el mayor tiempo posible, pese al intenso sol y no llevábamos ni tienda, ni saco, aunque yo llevaba un par de mantas, y una mosquitera, con lo cual, teníamos que dormir en casa de nativos.
Tomamos, como digo, el autobús -una pequeña camioneta cerrada y no muy grande, con asientos en las orillas- el día 14, que se llenó de gente sentada en los banquitos, y niños en el medio, sentados por el suelo. Una de las primeras cosas que me chocaba era la falta de higiene. La ropa parece que aquí no se lava realmente nunca, y ves las camisetas de la gente llenas de manchas, muy negras. Además, todos desprenden un olor muy fuerte y los niños no se suenan nunca los mocos, y andan muchos, con un gran hilo de moco, muy verde que les cuelga entre la nariz y la boca. Asqueroso, sí, está claro, pero con un par de intercambios de sonrisas, de muecas, de gestos, empezamos a reír y se nos olvidó todo esto rápido. Santi lleva una cámara muy mala, y para empezar a hacer fotos, ofrece muchas veces a la gente, que les haga fotos. Seguidamente el dice, ahora os hago yo, y eso rompió el hielo en ese momento, y al final había mucho intercambio entre nosotros y la gente del autobús.
Cuando llegamos a nuestro primer destino, Yetni, había un gran barrizal en medio -de unos 500 metros- que impedía a los transportes seguir por la carretera, que quedaba cortada, y que había que atravesar a pie. Lo atravesamos sin problemas, la tierra estaba húmeda, entonces no se hundía demasiado. En la otra parte comenzaba la verdadera ruta, con caminos que se estrechaban cada vez más, que se metían en ríos donde habían mujeres haciendo la colada. El paisaje es muy verde y muy montañoso, impresionante de bonito. Poco a poco, conforme nos adentrábamos, veíamos más y más casas tradicionales Dani, que son circulares, de madera, y con el techo de paja. Tienen todas un espacio para hacer la hoguera interior, en el centro de la estancia, con un segundo piso, que está pintado con alquitrán para alejar seguramente insectos y evitar que se moje. Las chozas harán unos siete metros cuadrados, por dos de alto, así que cada piso tiene tan solo medio metro de altura, se tiene que entrar por una pequeña puerta, y en la parte de arriba se duerme y en la de debajo se come y se hace vida.
Tuvimos la suerte de nuestro primer contacto muy pronto. Santi invitó a un hombre a un cigarro y el hombre nos invitó enseguida a entrar en su casa. Era un tipo muy sonriente, muy agradable, con el que nos tomamos fotos y le ofrecimos, cacaos y una manzana, con semillas, que él dijo que quería cultivar. Él nos ofreció una corona de plumas, que llevan tradicionalmente los Dani, aunque él ya vestía con ropa y una sava. Después de un cuarto de hora, salimos de allí, el hombre nos explicó cómo seguir nuestro camino y proseguimos el trayecto.
El día trascurría sin incidentes, muy agradablemente, encontrábamos gente a un lugar y otro del camino, que nos saludaba, que sonreía, que se sorprendía al vernos, por paisajes preciosos, y llegó la entrada de la noche, y tuvimos que buscar dónde dormir. Llegamos al punto que nos habíamos marcado, Ibiroma, y preguntamos en el pueblo si podíamos dormir. Había una escuela y una iglesia, pero nos ofrecieron dormir en una cabaña tradicional, con una familia.
Cuando cae la noche en Ibiroma, un manto de nubes cubre siempre el lugar, y hace de verdad mucho frío. Dingin llaman los nativos al frío y etu al fuego y ponerse alrededor para calentarse es panás, así que yo, que siempre tengo frío, pasé la noche en panás. Nosotros los invitábamos a tabaco y galletas, que traíamos, y ellos nos invitaban a Ubi y Sava, de los que acabamos bastante hartos. De muchas cabañas venían a ofrecernos de comer, pero siempre lo mismo.
Tras comer, el sueño llegó, me quedé dormido alrededor del fuego, que aun estaba encendido, ellos discutían y Santi dormía también. Acordamos entonces, que nosotros dormiríamos debajo, porque la familia se componía de 7 miembros y arriba no iba a ser muy cómodo y puesto que estábamos a bastante altura, no iba a haber mosquitos, así que no puse la mosquitera, hasta que una rata me pasó por los pies y saltó luego encima de Santi. Entonces puse la mosquitera como pude, y ya estaba a salvo de ratas, pero las pulgas me dejaron un pie realmente destrozado, con por lo menos unas 30 picadas, y otras tantas por la cintura. No muy agradable, pero la sensación de haber dormido en una cabaña Papúe, para mí es más que compensatoria, porque en unos días olvidaré que ahora mismo me pica todo, pero jamás olvidaré lo que compartí en ese gran momento.
En la noche tuve frío, y Santi también, y nos tuvimos que apañar como podíamos, yo pude dormir, aunque no mucho, y Santi también.
Al día siguiente, me despertaron con un fuego, preparaban el desayuno, con otra vez Ubi y Sava, y rápidamente nos pusimos en marcha. Este día queríamos hacer una doble jornada, queríamos llegar a Wamenek, y volver, lo que normalmente se hace en dos días, pero la idea de dormir tres noches como la pasada, no nos atraía y preferíamos realmente hacer sólo una noche más en una especie de hotel -de cabañas- para turistas, que habíamos encontrado en Kilesi, un pueblo antes de Ibiroma, muy básico, pero parecía limpio, aunque luego descubrí que también habían ticus (ratas).
La jornada transcurría otra vez sin incidentes, hasta que nos tocó bajar desde lo alto de la montaña, hacía el río, para acceder al siguiente pueblo. Los caminos eran muy estrechos, y una precipitación era mortal, y vamos, yo me caí. En un momento, me quedé agarrado con las dos manos por detrás, con el culo por debajo de mi cintura y llamando a Santi “Santi, Santi”. Tengo suerte de tener grandes reflejos y pude volver arriba, pero con un poco menos de suerte, me podría haber quedado ahí. A partir de ese momento, puse más y más atención.
Cuando estábamos llegando abajo, un grupo de niños salió a nuestro paso, subiendo la ladera, que subían como cabras, y Santi y yo muy lentamente. Traían una guitarra de madera, muy pequeña, y Santi se puso a hacer la estrella del rock. Lo divertido es que los niños se pusieron a cantar algo así como “Chicken Rocker” y yo cantaba con ellos y hacía el idiota a su lado. Tengo un vídeo cantando la chorrada con ellos muy divertido.
Esta parte del valle, fue seguramente la más agradable de todas, la más bonita. Todo un plano, lleno de casitas de nativos, con buena temperatura. Yo pensaba que si tuviera que vivir en el valle, viviría aquí, y no en lo alto de las montañas. Compramos mandarinas por el camino, por muy poco dinero, y compramos al llegar a Wamerek, plátanos. En Wamerek había una gran explanada de hierba, y se estaba de verdad muy bien, con un airecito que corría muy agradable. Dimos un par de cigarros más, pues era la forma de romper el hilo, puesto que todos fuman mucho y proseguimos el camino, vendrían ahora las penalidades.
Tomamos un camino distinto, más directo, para volver atrás. Había que subir la montaña, y teníamos poca, muy poca agua. Este día sólo teníamos un litro de agua que había que administrar hasta llegar a Kilesi o Ibiroma. Nos tocaba subir, además, una escarpadísima montaña, muy difícil de subir, con un calor muy intenso: yo notaba que empezaba a quemarme las partes visibles de mi piel, cara, brazos y cuello. Entre la poca agua que teníamos y el calor intenso, yo empecé a notar que no iba bien, sentía un poco que me deshidrataba por momentos, y un pequeño sorbo de agua me devolvía a la vida en cada momento, y empecé a soñar con ríos de agua para beber. Me acordaba cuando con 20 años hice un viaje a Nordkapp, con Paco y con Camps, y sólo hablábamos de comida, porque no teníamos dinero para comprarla. Aquí no había lugar donde comprar agua y no nos fiábamos de que la hirvieran, hasta llegar por lo menos a Ibiroma. Durante unas tres horas, el trayecto se convirtió en subir escalones muy altos, y cada vez, en cada escalón había que levantar todo el cuerpo, así que al final era muy difícil, suponía un gran esfuerzo. Imaginad levantar a cada escalón 65 kilos que debo pesar. No es muy sencillo, durante tres horas.
En mi peor momento, cuando ya no podía más, llegamos a un poblado, y había un chorro de agua con unas mujeres bañándose desnudas. Santi repartió más cigarros, y en este poblado había más gente vestida al estilo Dani, que en ninguno que hubiéramos visto antes. Pedí por favor ducharme, y accedieron, y cuando metí la cabeza bajo el agua, las fuerzas me volvieron de repente. Mojé mi camisa, para estar fresquito y tras un intercambio de saludos y despedidas, proseguimos la ruta. Hubo una subida en la que Santi y yo nos mirábamos como diciéndonos, “madre mía, estamos al límite de nuestras fuerzas”, y yo sentía de verdad la deshidratación llegar. Pero al final, tras subir, subir y subir, llegamos a Ibiroma, y el poblado entero salió a saludar a los diablos blancos y locos adentrados en sus territorios. Les pedí una botella de agua, y me bebí un litro de un solo trago, mi energía subió en seguida.
Nos despedimos, y había que llegar a Kilesi, lo peor había pasado, y al llegar encontramos a una pareja de vascos, muy simpática, que ya habíamos encontrado en Wamena, de 52 y 58 años, muy interesantes y agradables. Ellos habían pagado guías y comida, y nos invitaron a cenar. Dábamos pena de una parte, pero de otra admiración, y su guía nos decía que cómo habíamos podido hacer tanto trayecto en un sólo día, y tan poco preparados, sin zapatillas, ni agua, que había que estar fuerte. El reconocimiento es agradable, la verdad.
Ya nos sentíamos un poco vueltos a la civilización: cenando muy bien, durmiendo decentemente. Nos ofrecieron pagar un baile tradicional, con los otros viajeros del lugar (los vascos, una pareja de catalanes y otra de alemanes) y accedimos, podía ser interesante. A la mañana siguiente hicieron el baile, muy vistoso, una especie de representación guerrera, con canciones que ellos cantaban, pero sin instrumentos, y vestidos de Dani todos: las mujeres con el pecho descubierto, y plumas en la cabeza y pintados los ojos: muy bonito.
Tras ello, nos dirigimos a un puente de madera, muy largo, lo pasamos unas cuantas veces, tomando fotos y vídeos, de verdad muy impresionante, y después retomamos el camino hacia la “civilización”. Tres horas más caminando y tomamos el bus, tras atravesar la ciénaga, en la que esta vez nos hundíamos, porque se secaba la parte de arriba, pero la de abajo no.
Llegamos al final al hotel, tras tres días donde caminamos mucho: unas 6 horas el primer día, unas 8 horas el segundo día y unas 5 el último. A mí, a decir verdad, no me gusta caminar por la montaña, pero es verdad también que es el único modo de entrar en contacto con el espíritu rural de un país, y era el único modo de conocer la cultura Dani, en su esencia, que es rural. Ha sido una de las mejores experiencias de mi vida y seguiré haciendo estos trekings, cuando merezca la pena hacerlo, aunque mi madre me pida que no los haga ^^ , “pero tranqui mamá, porque la próxima vez me traeré una tienda propia, para no tener que dormir en sus chozas, las pulgas me han baldado esta vez. Pese a ello, me llevo un gran recuerdo a la tumba, que me durará de por vida y que me dará la única riqueza que es de verdad rica, la experiencia y el conocimiento.
Me tomo este día tranquilo en el hotelucho, que lo necesito, escribiendo y aprendiendo a utilizar mi cámara y os digo hasta muy pronto, amigüitos :)
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Ha sido muy interesante lo que has escrito esta vez no por lo arriesgado del viaje que lo ha sido sino porque me has hecho imaginar lo que escribias muy bien esa sensacion que sientes cuando describes tu viaje hace que el que lo lee este en el valle y en las montañas creo que hasta me picaban los pies por lo de las pulgas cuidate mucho y se prudente
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